Desde la esquina donde estaba podía verlo todo. Había un ruido insoportable, el gemido de una alarma sobrecogía la ciudad, que se encogía asustada, llena de gente que corría de un lado para otro. Reinaba la confusión y el caos entre aquellas personas enfermas de desesperación. Allí mismo, delante mía, dos niñas lloraban desconsoladas, mientras que se aferraban a su madre, que las abrazaba con todas sus fuerzas con el gesto descuartizado por el dolor. A su alrededor había varios jóvenes soldados maldiciendo, elevando sus voces al cielo con blasfemias mientras se dejaban su propia carne y su propia sangre en golpear ardorosamente paredes y cristales, en destruir lo que encontraban a su alrededor cómo si quisieran destruirse a sí mismos. Otros lo conseguían. Desde una de las ventanas de un edificio próximo, vi cómo saltaba un hombre al vacío, vi como cayó, y como se golpeó después contra el suelo, formando con sus vísceras un cuadro grotesco que agregó una pincelada más de sangre a aquel estridente caos. La voz de aquella ciudad era como un llanto colectivo, tan agudo y lleno de ira que parecía a punto de rasgar sus propias cuerdas vocales. Uno de aquellos tonos altos, un hombre rabioso, con el rostro desencajado y los movimientos torpes de puro odio, salió de uno de los portales con una escopeta en la mano. Disparó a varios muchachos, cuyos cuerpos inertes golpearon con fuerza el suelo, después, como en trance, sin un ápice de piedad en el culmen de su locura, perforó con varios balazos los cuerpos temblorosos de las niñas y su madre, que agonizaron en el suelo entre sus últimos sollozos. Tras esto introdujo el cañón del arma en su boca y acabó con su propia vida, haciendo estallar su cabeza como una bolsa llena de aire que bruscamente hubiera sido aplastada.
Pocos segundos después, cayó la bomba. Un sonido atronador hizo violentamente el silencio mientras una luz cegadora arrastraba pedazos de carne humana que se volatilizaban cerca mía. Mientras observaba todo aquello lo sabía. Aquella había sido la última bomba programada. Aquellos restos que me sobrevolaban eran los últimos restos de Homo Sapiens con vida. No quedaba ni un solo ser humano más sobre la faz de la tierra.
Mientras permanecía allí, abstraído, Joe se me acercó por detrás. “¿No te da pena?” le dije, “No”, respondió mientras se frotaba las cuatro patitas delanteras, “Muchos de estos imbéciles habían tratado de pisarme”, se dio la vuelta y se marchó de nuevo hacia el cercano contenedor de basura, se paró un instante, se giró y me dijo “ Vamos Gregor, vente, las ratas han dejado excrementos frescos”.
Me quedé allí un rato, admirando aquel sobrecogedor paisaje, después sentí algo de apetito y me dirigí a saborear aquellas sabrosas defecaciones. La vida aún tenía cosas que ofrecerme.
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