Hoy nuestro autobús nos ha dejado a la puerta de una construcción de grandes dimensiones. Pronto y con muchas prisas, nos han conducido a través de pasillos y patios interiores. El recorrido ha sido rápido y casi violento, así que apenas hemos podido prestar la atención requerida a un ambiente tan diferente del nuestro. Profundamente confundidos e inmersos en una sensación de caos hemos llegado al final de nuestro recorrido con una parada en seco. Estábamos ante algo que nos ha sacado de nuestro aturdimiento con la contundencia de una bofetada en pleno rostro: un monumento cuya complejidad formal y estructural por poco nos hace caernos de espaldas. Hemos tardado en reponernos y comenzar a observarlo detenidamente; nos ha costado recuperar la concentración y la cordura después de semejante impacto inicial.
Entonces hemos comenzado a analizar desde el principio la construcción que teníamos en frente, jugando a suponer la calidad de los materiales de que estaba compuesto. Nos han parecido toscos y macizos en su base y sinuosos y pulidos a medida que elevábamos la vista. Algunos materiales eran térreos, como de terracota, otros se nos antojaban esponjosos y suaves. Una sensación deslizante y empalagosa se desprendía de las pulidas columnas que sostenían el conjunto. La parte superior tenía un cariz férreo, aunque a la vez nos parecía tener textura de panal de abeja, o como de miel solidificada en el paladar de una boca. De cualquier forma era un material aéreo, al que veíamos respirar.
Nuestra fascinación rápidamente nos llevó a descubrir la luz y los colores que bañaban esta escena, siempre teniendo en cuenta las limitaciones que el cristal que nos separaba de ella nos imponía. En seguida encontramos una gama de colores muy concreta, todo en una tonalidad grave y, por así decirlo, ocre. Todo giraba en torno a ese cromatismo reducido y de intensidades saturadas. La luz partía de su centro y se difuminaba entre los recovecos, acentuando el carácter centrífugo que parecía poseer el conjunto. La zona más clara parecía conformar una especie de cruz, diferenciando dos aspas: una vertical de color crema o blanco y otra horizontal con una tonalidad cercana a un amarillo apagado y barnizado.
Y de ese sistema de luces y colores pasamos a apreciar en profundidad las formas que el monumento albergaba. Todo ello nos pareció una profusión infinita de sinuosos caminos que deparaban en abruptas terminaciones nerviosas, como conjuntos capilares, en unos tramos de troquelados pegotes, apelmazados y excesivos en su agarrotamiento. En estos extremos se volvían minuciosos, pequeños, como los filamentos de una flor o el vello capilar del interior de un estómago animal. Todo parecía configurar el complejo órgano de una criatura fantástica, como una cavidad intestinal que se estiraba y se encogía en torno a su centro. Desde luego era todo un espectáculo de formas, tenía un exotismo especial, pues aunque el conjunto parecía funcionar y tener vida, como una extraña criatura híbrida, lo cierto es que a cada centímetro se dibujaba una nueva figura, una fecundidad grotesca que sin embargo conservaba un cierto orden dentro del aparente caos. Y es que no era difícil establecer una prioridad, una estratificación en el conjunto. Todo, como dentro de un sistema piramidal, iba ascendiendo en un orden jerárquico que apuntaba a un objetivo claro, a una meta. Ese castillo de arena se apoyaba en un embolo que parecía succionar su energía del pequeño artefacto que ocupaba la posición más centrada en el monumento. Había un espacio reservado para ese artefacto, un hueco que daba paso a la luz, que envolvía al artefacto y se propagaba por el resto del conjunto. Todo esto daba una especie de inestabilidad al monumento, tal vez una sensación de movimiento, como si estuviera latiendo en torno al corazón que constituía el artefacto central.
A pesar de esa sensación, el monumento imponía una fuerte presencia. En ocasiones nos parecía una alada bestia mitológica dispuesta a embestirnos, en otras una deformada cabritilla de débiles patas. Lo que sí estaba claro es que parecía diseñado precisamente para la apariencia, era un lobo con piel de cordero o tal vez un cordero con piel de lobo, o quizás una extraña fusión entre ambas cosas que parecía tanto estar a punto de dar su último estertor como de acometer su más venturosa hazaña. Lo débil era sin duda fuerte y lo fuerte se desparramaría entre nuestras manos. Los contrastes estaban a flor de piel y ardíamos en deseos de participar de esa fiesta de sabores agridulces. Nos sentíamos tan arrastrados, estábamos ya tan dentro del vientre de la bestia, que apenas nos dimos cuenta de que la visita había finalizado. De repente nos encontramos en un autobús que ahora nos parecía un ataúd de plástico y naftalina.
